Vivir en ambos mundos: cuando la identidad deja de ser una tensión y se vuelve un lugar
- Dr. Enrique Zone - Andrews

- hace 12 minutos
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Para millones de personas que han cruzado una frontera, la pregunta más honda no es dónde vivir, sino quiénes son. El inmigrante aprende pronto que el pasaporte abre puertas, pero no siempre disuelve las tensiones interiores. Se puede pertenecer legalmente a una nación y, aun así, no sentirse del todo en casa. El sello puede decir "Welcome", y sin embargo la pertenencia no llega con él. Esa experiencia, tan cotidiana como poco nombrada, es también un terreno espiritual: allí donde la vida parece solo trámite y adaptación, Dios sigue formando el corazón.
Hay un giro que parece pequeño, pero que lo cambia todo. Durante mucho tiempo, esta clase de biografía se vive como una existencia "entre" dos mundos: una tensión permanente, un tener que elegir, una sensación de fragmentación. Con el tiempo se descubre algo distinto. No estamos llamados a vivir entre culturas, sino en ambas al mismo tiempo. La diferencia no es solo gramatical. Vivir "entre" mundos sugiere división; vivir "en" ambos habla de integración. Y esa integración no nace del equilibrio ni del esfuerzo humano, sino del orden que el Reino de Dios va estableciendo en el interior de la persona.
El aeropuerto como espejo
Pocos lugares revelan tanto como una sala de tránsito. El aeropuerto refleja la seguridad y el control del sistema, con su eficiencia impecable y su vigilancia por todas partes, pero también expone la fragilidad del viajero que carga con mucho más que equipaje: una historia entera a cuestas. Todo indica el camino, las líneas de colores, los corredores, las puertas, todo menos lo que ocurre dentro. Porque la legalidad resuelve el acceso, pero no genera pertenencia. El lugar de paso muestra lo que todavía no ha sido resuelto en el interior y, al mismo tiempo, aquello que Dios aún está formando aunque uno no lo comprenda del todo.
El margen como una forma de ver
La cultura dominante suele ubicar al inmigrante en la periferia, y esa ubicación puede sentirse como carencia. Sin embargo, hay otra manera de leerla. Pensar desde el margen no es pensar desde la inferioridad, sino desde una conciencia más despierta. Quien vive entre culturas puede ver lo que otros no ven, precisamente porque no está atado a un solo centro cultural que se imponga como medida universal de todas las cosas.
De ahí brota una convicción liberadora: culturalmente podemos ser ubicados en el margen, pero en Cristo nadie es marginal. La identidad última del creyente no la define su nación, su lengua ni su tradición, sino el gobierno de Dios en su interior. Y desde esa seguridad es posible servir sin miedo y sin resentimiento. Lo que se aprende viviendo en ambos mundos, sosteniendo tensiones, interpretando silencios y expectativas cruzadas, puede ofrecer claridad allí donde una sola perspectiva se vuelve invisible. El margen no reemplaza al centro: lo complementa. Cuando ambos aprenden a escucharse, el cuerpo de Cristo se enriquece.
Un don que necesita un centro
Moverse entre idiomas, registros emocionales y formas de relacionarse, lo que los lingüistas llaman code-switching, no es inconsistencia, sino un don. Pero es un don que requiere discernimiento. Cambiar de código puede desgastar el alma cuando no hay un centro que sostenga; puede volverse máscara, acomodo, fragmentación silenciosa, cuando la identidad depende del contexto y no de un eje interior. Vivido bajo el señorío de Cristo, en cambio, el tránsito entre mundos no altera el núcleo: no cambia el evangelio, solo afina el acento; no diluye la convicción, la traduce.
Una identidad "en proceso"
Quizás la palabra que mejor describe todo esto sea una que se revela al volver, después de muchos años, a la tierra donde uno nació: no un "soy" fijo ni un "era" encerrado en el pasado, sino un estar siendo. No como confusión, sino como una identidad en formación bajo la obra continua de Dios. Volver permite ver algo que la distancia mantenía oculto: uno ya no es el joven que se fue ni solo la persona que regresa. Hay algo que sigue en proceso, y ese proceso tiene la mano de Dios sosteniéndolo desde dentro. La identidad no es un documento, es un tejido vivo. No se trata de lo que uno porta, sino de lo que uno ha llegado a ser.
Esta mirada tiene un eco antiguo. La Escritura describe a los creyentes como peregrinos y extranjeros, personas que viven con una ciudadanía que trasciende las fronteras terrenales. Vista así, la experiencia migratoria se convierte en una escuela espiritual, un lugar donde se aprende a encontrar la identidad definitiva no en una nación, una lengua o una tradición, sino en el Reino de Dios.
De ahí una conclusión que lo abarca todo: la pertenencia verdadera no se concede por documentos; se forma en el interior. El discipulado no exige un pasaporte cultural, sino una vida disponible. Por eso, aunque esta reflexión nace de la experiencia del inmigrante hispano, alcanza a cualquiera que atraviese procesos de transición, desarraigo o búsqueda de identidad. Cambian los paisajes, las lenguas y las fronteras, pero las preguntas profundas del alma suelen repetirse: desarraigo, adaptación, pérdida, esperanza y reconstrucción.
Al final, la invitación reordena todas las demás pertenencias. No pertenecemos primero a un solo mundo, sino al Reino. Y es desde ese lugar, no desde la nación ni desde la cultura, que se aprende a amar, servir y caminar en ambos mundos sin perder el alma en ninguno. Quien lo entiende no vuelve simplemente a un lugar: vuelve enviado.
Sobre el libro y el autor
Todas estas reflexiones provienen de Viviendo entre culturas, memorias y lenguas: el inmigrante en ambos mundos, del Dr. Enrique Zone-Andrews (Ed.D.), teólogo y educador de origen argentino con más de medio siglo de ministerio vivido entre dos culturas. Escrito desde una perspectiva de teología narrativa, el libro parte de la experiencia del inmigrante para reflexionar sobre la identidad, el discipulado y la presencia de Dios en la vida cotidiana. Cierra un recorrido iniciado en obras anteriores, como El túnel del tiempo.
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