Aunque ande en valle de sombra de muerte: cómo respondió la iglesia a las grandes plagas de la historia
- ATH

- hace 1 día
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Una peste que mataba cinco mil personas por día en Roma. Una epidemia de baile que se llevó a quince mil personas en Estrasburgo. Y en cada caso, una comunidad de creyentes que decidió quedarse. Un recorrido por casi dos mil años de plagas y de respuestas cristianas.
Desde los inicios de la historia del cristianismo se han presentado plagas aterradoras, pestes que han puesto en vilo desde pequeños poblados hasta los imperios más poderosos de la humanidad. Un breve recuento nos muestra las marcas que estos duros eventos dejaron registrados.
El recuento
La peste Antonina (166 d.C.), posiblemente viruela, y la peste de Cipriano (249 a 262 d.C.), un virus desconocido que llegó a matar 5.000 personas por día en Roma.
La peste de Justiniano (550 d.C.), o peste bubónica, se llevó entre 25 y 50 millones de personas. Posteriormente vino la peste negra, un rebrote fatal a mediados del siglo XIV, donde un tercio de la población europea perdió la vida.
Hay un episodio menos conocido y particularmente extraño: la peste del baile de 1518, en plena reforma protestante, que mató a unas 15 mil personas en Estrasburgo, Francia. Quienes la sufrían danzaban frenéticamente hasta sufrir un ataque cardíaco.
Hace un siglo, la gripe española, originada en Texas, se cobró la vida de unos 50 millones de personas.
Hoy, es el Covid-19.
Lo que hicieron los cristianos
Sin embargo, en medio de esos valles de sombra de muerte, los cristianos no temieron servir al prójimo como muestra de una fe genuina.
Dionisio, obispo de Alejandría entre 248 y 264, informó lo siguiente ante la peste de Cipriano:
"La mayoría de nuestros hermanos cristianos mostraron un amor y una lealtad ilimitados, nunca se ahorraron y solo pensaron el uno en el otro. Sin prestar atención al peligro, se hicieron cargo de los enfermos, atendiendo todas sus necesidades y ministrándolos en Cristo."
Vale la pena leer esa frase dos veces. "Nunca se ahorraron." En el momento en que la ciudad se vaciaba, ellos entraban.
Gregorio Magno, ante la plaga de Justiniano en el año 550, fue elegido para liderar la Iglesia y de inmediato organizó una enorme procesión alrededor de la ciudad, invitando a todo el pueblo a orar a Dios por el fin de la plaga.
Lutero y el equilibrio entre fe y prudencia
Ante la peste negra, que todavía provocaba estragos en el siglo XVI, el reformador alemán Martín Lutero se pronunció al respecto, y su respuesta tiene dos caras que conviene sostener juntas.
Por un lado, la urgencia del servicio:
"El servicio que podemos prestar a los necesitados es algo tan pequeño en comparación con las promesas y recompensas de Dios que San Pablo le dice a Timoteo: 'La piedad tiene valor en todos los sentidos, y es prometedora tanto para la vida presente como para la venidera' (1 Timoteo 4:8)."
Por otro lado, y sin ninguna contradicción, Lutero también promovía la prevención con una franqueza que sorprende por lo actual que suena:
"Evitaré lugares y personas donde mi presencia no se haga necesaria para no contaminarme y, de esa forma, quizás infligir y contaminar a otros y, por tanto, causar la muerte como resultado de mi negligencia. Hay que tener cuidado de tentar a Dios. Hay algunos que se creen independientes y confían en que nada les va a ocurrir porque, al final, está en Dios la decisión de traer sanidad o muerte a una persona. Eso es orgulloso e irresponsable. Alguien puede ignorar la inteligencia y los medios de gracia que Dios creó y correr directo hacia el contagio, lo cual terminará en suicidio o en la muerte de otros que también se contagien. Así, andar sin cuidado es algo pecaminoso por razón de la vida propia y la de otros. De hecho, si alguien está lejos del virus, debe buscar mantenerse así a toda costa, evitando cualquier contacto innecesario con otros."
Es un texto del siglo XVI que podría publicarse hoy sin cambiar una coma. Lutero rechaza dos extremos al mismo tiempo: el abandono del prójimo y la temeridad disfrazada de fe.
Un patrón que se repite
La iglesia ha reaccionado con servicio, precaución, amor y cuidado al doliente. Quizás como ninguna otra religión ni ideología social, el cristianismo ha demostrado responder con responsabilidad al problema del dolor y del mal.
Cuando otros veían desolación, los cristianos aportaron consolación, vendando heridas y redimiendo a una humanidad sufriente. Con la mirada hacia una patria mejor, venidera, sin dolor. Con la confianza de que, aunque aquí "ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo" (Salmo 23:4), ha marcado un pathos de llorar con el que llora y fortalecer las manos de los débiles.
La teología que sostiene esa conducta
Detrás de esa conducta hay una convicción teológica precisa. El cristianismo ha enfatizado una teología crucis, una teología de la cruz, que nos muestra al Cristo que sufre con nosotros y por nosotros desde la cruz, y que a partir de allí nos redime y nos invita a su gloria.
Esto no es un detalle académico. Es exactamente lo que explica por qué los hermanos de Alejandría entraban a las casas de los enfermos en lugar de huir. Si el centro de la fe es un Dios que entra en el sufrimiento humano en lugar de esquivarlo, entonces la respuesta del creyente ante la plaga no puede ser la evasión.
Lo que queda
Los números de este recuento son abrumadores. Cincuenta millones aquí, un tercio de un continente allá. Es fácil perderse en la escala y olvidar que cada cifra fue una ciudad, una familia, un nombre.
Pero el recorrido también deja otra cosa. En cada uno de esos episodios hubo personas que decidieron quedarse, cuidar, orar y también tomar precauciones sensatas. No fueron heroísmos aislados sino un patrón sostenido durante casi veinte siglos.
Las pandemias pasan. Nuestro Dios permanece. Nuestra patria nos espera.
Contenido basado en la revista Nuestra Jornada, cuarta edición, año 2020, de la Asociación Teológica Hispana.




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